domingo, 14 de junio de 2015

Celebra la vida reflexionando

Maltratar, burlarnos, hacer matoneo, señalar, juzgar, gritar, insultar, humillar, excluir,  robar, matar a nuestros semejantes, caerle al caído es el camino más fácil, es lo que puede hacer cualquiera frente a cada una de las realidades con las que nos topamos a diario. Es así como de manera casi inconsciente justificamos el sufrimiento y la muerte de algunas personas: “Es que son ladrones”, “es que son viciosos”, “es que son homosexuales”, “es que son mujeres”, “es que son negros”, “es que son pobres”, “es que son nerds”, “ es que son guerrilleros”, “es que son soldados”, “es que son paracos”, “es que son de izquierda”, “Es que son de derecha”, “ es que son ateos”, “es que son feos”, “es que son brutos”, “es que son ñeros”,  “es que son indigentes”, y así nos pasamos la vida…

En contraste, porque el ser humano es volitivo y un ser de contrastes nos encontramos con la contraparte: Personas que de manera casi inconsciente buscan siempre el bienestar del otro, su felicidad, su seguridad, su salud, que se conviertan, que tengan oportunidades, que tengan muchos años de vida, y encausan todos sus esfuerzos por hacer realidad esta comprensión de la vida en para cada uno de sus semejantes.

Ciertamente en la inmensa mayoría de seres humanos coexisten las dos tendencias, entonces habría que preguntarnos: ¿A cuál le hemos abierto más espacio en nuestra vida?

Para responder el anterior cuestionamiento, el Evangelio de este domingo nos puede ayudar a comprender mejor a aquellos que decimos ser creyentes y constructores de ese tal Reino de Dios.
En primer lugar ese Reino es semilla que da fruto por sí misma, y, ¿qué ha sembrado Dios en nosotros? Cuando nacimos vinimos impecables, inspirábamos ternura, unidad, bondad, éramos signo de alegría, de vida, de libertad, de amor, de esperanza sólo por citar algunos ejemplos… De todo ello, ¿qué conservamos hoy? Tal vez algo, tal vez todo, tal vez nada, sólo nosotros sabemos cuánto de esto que Dios ha sembrado en nosotros ha germinado y ha dado fruto.

En segundo lugar ese Reino es Semilla que crece y se hace albergue, guarida, cambuche, casa, hogar, de tod@s aquell@s que quieran anidar sobre sus ramas, es decir, el Reino es inclusión, bienvenida, acogida, apertura, abrazo…

A manera de conclusión, el tal Reino de Dios no es exclusivo de algún lugar, no se hace sólo en el Templo o en la oración o en la calle o en el trabajo o en el colegio o en la casa; es en todas partes donde el creyente vaya llevando su amor, su comprensión, su ternura, su voz defensora de los derechos de tod@s, su abrazo fraterno, su acogida, su sonrisa, su franqueza, su bondad, su palabra, escucha y acción liberadoras como semillas de “otro mundo posible”, de una nueva humanidad.

“No busquen la eternidad entre las cuatro paredes de una Iglesia, ni en la hipocresía de la confesión; la verdadera eternidad está es allá afuera, está en las cosas que somos capaces de hacer hoy, aquí, tal y como lo hizo Cristo, Él, que supo caminar sobre las aguas turbulentas de la historia, y que nos regaló su vida como un ejemplo de amor.”

EQUIPO ORIENTACIÓN 

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