domingo, 21 de junio de 2015

Celebra la vida reflexionando

“Profe,  ¿Por qué Dios no me escucha? Todos los días le rezo por la salud de mi abuelito y él no lo cura”… Fueron las palabras de una niña al terminar la clase un miércoles de esos cargados de mil cosas por hacer y ocupaciones que se vieron relegadas a un segundo lugar, pues la pregunta de esta niña de diez años ocupó mis pensamientos el resto del día.

Recuerdo que en ese preciso momento no tuve más que un fuerte abrazo para aquella inocente que ama profundamente a aquel viejo terco que no deja el alcohol y eso agrava cada día más su enfermedad. Pues bien, pasado el momento emotivo empecé a buscar las causas de aquella gran conclusión en tan pequeña niña.

Entonces empecé a ver allí una falsa imagen de Dios que nos han inculcado. Un dios milagrero que de la nada hace cosas: sana enfermedades, da dinero y concede cuanta locura se nos ocurra pedirle; el mismo dios al que le pedían puntería en Medellín los sicarios;  Un dios que de amigo, cercano y compañero de camino tiene más bien poco; un dios que funciona como una máquina al que le pedimos y esperamos, ojalá en el menor tiempo posible, el producto añorado y puesto bajo su gran poder.

Luego, recordé al Nazareno. Vinieron a mi mente imágenes de Aquel Maestro incomprendido y maltrato por la barbarie humana hasta la muerte, lo vi azotado, caminando con la cruz a cuestas y perdonando a esos que lo habían colgado en el madero de la ignominia,  siendo el más inocente de todos pues la razón de sus acciones no fue más que el amor profundo por la humanidad.
Y entonces, comprendí cuánto mal hacemos a la fe, a la esperanza y a la vida de los seres humanos cuando hacemos de Dios un ser milagrero, lejano del todo al Dios de Jesús. Pareciera que quisiéramos, a toda costa, desaparecer la condición limitada de esta existencia temporal y material, que buscáramos no sufrir, no esperar, no luchar… Así hacemos de dios un ser que rompe nuestros sueños e ilusiones, porque no vemos resuelto como por arte de magia eso que es propio de nuestra condición.

Retomando los últimos momentos de Vida del Maestro, entonces Dios aparece no como un milagrero sino como un Dios que movido por amor asumió lo que somos y desde allí nos comprende, fortalece y acompaña. Esa era la certeza que tenía el Maestro en sus últimas horas, sabía que no estaba solo, que su esperanza estaba puesta en Aquel que nos ama sin medida y que llegado el momento haría su obra en él.

Así, Dios se convierte en aquello que nos mostró Jesús: un Dios consciente de nuestra humanidad, de nuestras limitaciones, de nuestras alegrías y tristezas y que en ellas se hace presente para señalarnos el camino y hacer su obra entre nosotros. Esta certeza es la que mueve a los que sufren hambre, pobreza, injusticia y enfermedad a seguir adelante, a dar sus luchas por cambiar su situación seguros de que el Dios de la Vida está ahí con y para ellos.

“Dios escribe derecho en renglones torcidos”…


EQUIPO ORIENTACIÓN

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